El chisme como estrategia de poder

La lingüista Deborah Tannen habla de la percepción del chisme como algo malo. En su libro You Just Don’t Understand! relata lo que un hombre le dijo acerca de su concepto de “chisme”.

Para ti parece ser una discusión de detalles personales sobre gente conocida para los interlocutores. Para mí es una discusión de debilidades, defectos de carácter y fracasos de terceras personas para que los participantes en la conversación puedan sentirse superiores a ellas. Esto me parece indigno, por lo tanto, el chisme es malo (Tannen, 2007, p. 119).

Por su parte, Nicholas Emler se ha referido al chisme como algo que no contribuye en nada de valor a los asuntos humanos (citado en Locke, 2011, p. 109). Sin embargo, múltiples estudios de antropología, comunicación y lingüística han corroborado que el chisme sirve para varias funciones muy importantes en nuestra sociedad.

De hecho, los primeros registros históricos con los que contamos del chisme, que datan de 1560 en adelante, ya evidenciaban algunos de las ventajas sociales y hasta biológicas de este fenómeno comunicativo para las mujeres.

En el siglo XVI, en Francia e Inglaterra se acostumbraba hacer un ritual femenino colectivo cada vez que una mujer iba a dar a luz. Antes del nacimiento del bebé, entre 6 y 12 mujeres eran invitadas a la casa de la futura madre para ayudar con las labores del hogar y del parto. Ser invitada a este evento era un verdadero honor y no ser invitada podía representar una seria ofensa. Estas mujeres se recluían en una habitación, tapando ventanas, cerrando puertas y cubriendo cerraduras, y mantenían animada a la mamá dándole un vino dulce y condimentado. Las invitadas y la partera eran testigos del nacimiento y bautizo del bebé, y hacían el rol de “tías-madrinas” (“god-siblings“). Estas nuevas tías-madrinas se quedaban en la casa de la mamá inclusive después de nacido su bebé y le ayudaban con sus cuidados. Ellas estaban haciendo “god-sibbing”. De ahí viene la palabra en inglés para este ritual femenino: “gossiping” o “gossip”; el chisme (Locke, 2011, p. 103 y 104).

En nuestra cultura moderna, una actividad así podría ser una gran intromisión para nosotras (¿a quién de ustedes le gustaría tener a 12 mujeres metidas en su casa por un mes o más de tiempo?), pero en ese entonces, además de tratarse de un valioso apoyo psicológico entre mujeres, constituía un gran recurso biológico: facilitaba la sobrevivencia de madres e hijos en una época en la que no había atención hospitalaria para las parturientas.

Ahora bien, la supervivencia de madres y bebés ya no depende de nuestro gusto por el chisme, pero sí dependen de él otros aspectos del orden social. Mediante el chisme, las mujeres establecen y mantienen sus lazos de amistad. Al compartir información acerca de sus vidas “privadas” y las de otros, las mujeres crean intimidad, complicidad y afiliación. Estas relaciones, obtenidas también con el habla aparentemente superflua como el small talk (por ejemplo, hablar sobre el clima) logran lo que se conoce como la función de comunión fática (phatic function) del lenguaje. En otros ámbitos, como la psicología, el hecho de hablar para “pasar el rato” de forma amena y cómoda se le llama rapport. Si prestas atención a cómo interactúas con otras personas, te darás cuenta de que invertimos mucha energía, tiempo y saliva en intercambiar frases de contenido poco o nada informativo ni relevante. Queremos estar con el otro llenando de discurso los silencios para sentirnos y hacer sentir al otro más cómodo y bienvenido a “nuestro espacio”, por así decirlo. Pues bien, muchísimo de ello interviene cuando un grupo de personas chismea. Más que intercambiar información jugosa de la vida de otros, las mujeres se sumergen en un ritual donde rinden culto a su cercanía, a su amistad.

Al respecto, John Locke opina que las mujeres suelen hablar entre sí como si se tratara de un dueto: las mujeres colaboran en la interacción aportando material de manera que se sostenga el tema del “mitote” (como dicen en México). Si alguien comparte un detalle de su vida privada, la otra comparte un detalle de su vida similar. Así ninguna queda en desventaja por su vulnerabilidad. Es como una negociación de intimidad. La interacción entre hombres no suele ser así.

Las mujeres están . ..  unidas por su inherente complicidad. Y lo que más buscan entre ellas es la afirmación del universo que tienen en común . . . Ellas comparan experiencias: embarazos, partos, sus enfermedades y las de sus hijos, y cuidados del hogar se convierten en los eventos esenciales de historia humana (Simone de Beauvoir, The second sex, citado en Locke, 2011, p. 117).

Por otra parte, el chisme sirve como una poderosa estrategia de control social. Las mujeres fungen como censores de la moralidad. Como dijo Simone Beauvoir, con el chisme las mujeres reafirman los valores e ideologías que comparten. Cuando notan que un miembro de la comunidad se ha salido del “buen actuar” según los criterios del grupo, las mujeres proceden a castigar a esa persona para que esta “enderece su camino”. Por ejemplo, Marjorie Harness Goodwin en un estudio sobre el juego entre adolescentes y pubertos descubrió que cuando la conducta de una chica es mal vista, las otras chicas la ignoraban completamente por un mes y medio (citado en Tannen, 2007, p. 108). Christine Cheepen habla también del chisme como una forma de “restablecer el equilibrio del poder”. Ella le llamó “scapegoat” al tipo de chisme donde se habla negativamente de una persona no presente con el objetivo de quitarle autoridad (citado en Tannen, 2007, p. 120).

Pero nadie sufre tanto el poder del censor moral que carga el chisme como los hombres infieles. Nada es tan amenazante para un hombre como la idea de que se divulguen a sus espaldas sus deficiencias e infidelidades en la cama. La evidencia de este miedo en los hombres se puede apreciar desde hace siglos. En 1568, consejeros de Leicester, Inglaterra, votaron para limitar a 12 el número de mujeres que podían ser invitadas a las reuniones en espera de un nacimiento (David Cressy citado en Locke, 2011, p. 112). En 1675, el rey Carlos II de Inglaterra mandó cerrar las cafeterías alegando que se había descubierto que en ellas se difundían “falsedades calumniosas” (Sommerville citado en Locke, 2011, p. 112). En Suiza el rey las cerró también advirtiendo de repente que el café era “malo para la salud” (Oldenburg citado en Locke, 2011, p. 112).

Aunque el chisme es concebido como una actividad esencialmente femenina, se ha comprobado que los hombres también chismean, pero menos que las mujeres (Bischoping 1993 y Locke 2005 citado en Locke, 2011, p. 115). Lo que las mujeres logran con el intercambio de detalles de vidas privadas, los hombres lo logran en parte al compartir su conocimiento de política, noticias y deportes, solo que ellos lo hacen para negociar estatus y poder, no intimidad como las mujeres. Pero de eso puedo hablar en otro post si de verdad te gustó este.

Creo que con todo esto podemos concluir que el chisme no es una práctica inútil ni una pérdida de tiempo. Mediante el chisme se establece rapport, se fortalecen los lazos de amistad y complicidad, se afirman las posturas ideológicas, se vigila el seguimiento a la moral, se equilibra el poder y se ejerce control social. Con razón los hombres del siglo XVI le tenían pavor a los grupos de mujeres reunidas platicando. El chisme podría ser muy peligroso para algunos, pero definitivamente es muy divertido, satisfactorio y conveniente para nosotras.

A la siguiente vez que invites a tus amigas a chismear, bien podrías estarlas invitando a restablecer el orden al mundo 😉

Bibliografía:

LOCKE, J. L. (2011) Duels and Duets: Why Men and Women Talk So Differently. Cambridge, UK: Cambridge University Press.

Tannen, D. (2007). You Just Don’t Understand: Women and Men in Conversation. New York: William Morrow.

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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