Habla materna: ¿Hace daño hablar “chiqueado” a los niños?

Por más que alguien se resista a “simplificar” su habla y agudizar su tono de voz frente a un bebé, resulta que estamos biológicamente destinados a hacerlo.
Nadie nos enseñó cómo hablarle a los bebés, pero las madres tenemos la carga genética y biológica necesaria para saber cómo hablarle a nuestros críos y así llevarlos a que aprendan a comunicarse para sobrevivir. Instintivamente le hablamos “chiqueado” a los bebés.

Se le llama habla materna, motherese (maternés en español) o baby talk al habla que los padres o cuidadores dirigen a los bebés y niños pequeños. Esta forma de comunicación se distingue por un tono especialmente agudo y una simplificación gramatical de la lengua caracterizada por la predilección de frases y oraciones cortas, el uso de sustantivos concretos en lugar de abstractos o descripciones complejas, la selección de nombres propios y apelativos sobre pronombres, la formulación frecuente de preguntas breves, etc.

Mediante el motherese, el bebé desde que nace va aprendiendo muchos principios de interacción humana que asentarán las bases para su adquisición del lenguaje. Por ejemplo:

  • El bebé aprende a distinguir cuándo le hablan a él y cuándo no. Sabe que cuando las voces de sus cuidadores se hacen agudas, la interacción está dirigida hacia él y presta más atención.
  • Poco a poco, el bebé empieza a reconocer también lo que son los turnos de habla. Comienza a notar que, después de que se le dirige una cadena de sonidos con una entonación ascendente al final (las preguntas en el español, por ejemplo), se destina un momento de silencio para esperar una reacción de su parte. Así él empieza a entender que existe la expectativa de que él también participe activamente en la interacción.
  • Otra tarea muy importante que lleva a cabo el bebé mediante el motherese es la toma de estadísticas de los sonidos de la lengua de sus cuidadores. Naturalmente, ningún bebe nace sabiendo cuál es la lengua (de las más de 7 mil que existen en el mundo) que está destinado social y geográficamente a aprender. Por eso mismo, el bebé recién nacido es capaz de discernir todos los sonidos de cualquier lengua, pues todavía no está condicionado a preferir unos sonidos sobre otros. El bebé pudiera tener a su mamá hablándole en español, a su papá hablándole en inglés, a su hermano en francés y su niñera en alemán (por poner un ejemplo drástico), y él se dedicaría a tomar estadísticas de cada lengua, y, al poco tiempo, sabría perfectamente identificar cuál es cuál y relacionarla con la persona que la habla. ¿Cómo hacen esto los bebés? Cada vez que alguien les habla, especialmente la mamá, el bebé se fija en cuáles son los sonidos más frecuentes y dónde se encuentran estos en la cadena hablada con base en la entonación y las pausas. A esto se le llama aprendizaje estadístico. Este trabajo lo desarrolla todo el tiempo, desde que nace, de manera que, antes de haber cumplido su primer año, ya reconoce los sonidos de su lengua materna… pero ya no presta atención ni distingue tan fácilmente los sonidos de cualquier otra lengua. Hasta entonces el bebé ya fue predispuesto, socialmente hablando, a preferir la lengua que le es más familiar que cualquier otra.

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De esto se deduce que entre más se le hable al niño, mejor estimulación tendrá y más rápido podrá adquirir estos conocimientos.

Algo desaconsejable, sin embargo, es que una misma persona acostumbre a hablarle al bebé en 2 o más lenguas diferentes de manera arbitraria, pues esto dificulta su toma de estadísticas y le evita aprender contextos diferentes de interacción.

Entonces, ¿le hacemos daño a los bebés cuando les hablamos en motherese? No, pero… podría llegar un punto en el que sí.

Tal como estamos biológicamente programados para hablar motherese a los bebés, también lo estamos para ir aumentando la complejidad de nuestro habla según los avances que vaya mostrando el niño en su adquisición de la lengua. De forma inconsciente los adultos adaptan su motherese al habla del niño, y así, juntos, papás e hijos van colaborando en esta proeza que es el aprender a comunicarse e interactuar en sociedad.

Si uno de los cuidadores fallara en este gradual aumento de la complejidad de su habla hacia el niño, a este último le estarán faltando los estímulos apropiados para que siga avanzando en el desarrollo de su lenguaje. Un problema así podría ser notorio a partir de los dos años de edad del niño.

Antes de concluir, quiero hacer una aclaración. El motherese NO consiste en imitar al niño. O sea, si el bebé le dice “tete” a la leche, hablar motherese no es llamarle “tete” a la leche. El bebé produce la palabra “tete” a partir de escuchar frecuentemente la palabra “leche”. Si uno le empieza a hablar de “tete”, el niño se confunde porque asume que está escuchando una palabra nueva. Si llega a pensar que “tete” y “leche” son sinónimos y formas igualmente aceptables de la palabra, dejará de esforzarse por decir “leche” bien por un “pequeño” malentendido.

El motherese es una gran herramienta, entre muchas otras más no discutidas aquí, de las que se vale el niño para aprender, no solo a hablar, sino a interactuar y vivir en sociedad. Podemos estar tranquilos sabiendo que nuestra forma anormalmente aguda y simplificada de hablarle a nuestros niños no es una excentricidad, sino un mecanismo biológicamente programado que instintivamente usamos para consentir, amar y ayudar a nuestros hijos en su desarrollo.

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  1. Muy bien, pero siento que debería haber más respeto para los que somos ateos y qué nuestras mismas familias no…

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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