Contra la falsa estética de los cuerpos

Nahum Chuil López
nahum_chuil@hotmail.com

Nunca olvidaré a Julio, compañero de quinto de primaria. Hábil con el balón, gambetero, rápido. Me tocó marcarlo en aquella ocasión. No se animaba a pasarme, pero bailoteaba frente a mí con la pelota. Yo sabía la responsabilidad que tenía con mi equipo al estar en la defensa. Pero el partido y el recreo y mi vida se detuvieron cuando me vio a la cara y burlesco me dijo: “Tú no me das ni para el arranque, gordito”. No sé si “me llevó” o detuve su intento. A partir de ahí fui consciente de mi gordura. Y como dice Unamuno, la conciencia es una enfermedad del ser humano.

El sobrepeso ha sido una realidad en mi vida. Quienes me conocen desde la infancia saben que he transitado de la gordura a la “simple” complexión gruesa y viceversa a lo largo de los años. No me recuerdo delgado en algún momento de mi existencia.

Pero empiezo a rememorar, hasta que el recuerdo se vuelve difuso, las veces que el de la llantera me ha dicho gordo; que el de la tienda me dice flaquito, haciendo referencia a mi gordura; que los del stand up hacen chistes que por razones desconocidas terminan refiriéndose despectivamente a los gordos; que mi abuela me recibía después de meses sin verla con un “Ay, huero, ya engordaste”; que Martha Debayle puso de moda en horario estelar de radio el símil “no te dejes ir como gorda en tobogán” cuando una emoción excesiva puede llevarte al descontrol en algo.

Ahí está el quid del asunto. El gordo no puede mantener la boca cerrada, piensan. El gordo es indisciplinado, juzgan. El gordo es débil, acusan. El gordo no puede verse al espejo sin “darse cosa”, creen (¿ya notaron que “cosa” es anagrama de “asco”?). El gordo es un ser frustrado por no dominarse, opinan. El gordo es un riesgo para sí mismo, aseveran. El gordo es un enfermo; los gordos colapsarán el sistema de salud, repiten y repiten.

Quienes no soportan a los gordos suelen utilizar el discurso condescendiente de la salud: el gordo debe bajar de peso para ser sano. El discurso médico validado al servicio del odio; el discurso médico al servicio del control de los cuerpos “indisciplinados”, como plantearía Foucault.


Sin duda, los prejuicios irracionales más fuertes son aquellos que han logrado poner a su servicio al conocimiento científico. Pero quizá sorprenda saber que no es una ley inamovible que ser gordo acarree enfermedades crónico – degenerativas.

Entonces no. El asunto no es médico, es un odio que se disfraza de ciencia y buena voluntad. Es un odio hacia lo que no se ajusta a modelos estéticos socialmente validados de los cuerpos. Ideal difícil de alcanzar en una sociedad atravesada en todos sus sectores por la gigantesca industria de alimentos ultra procesados, la comida rápida y las bebidas azucaradas. Esa misma industria que lanza a Thalía y Ricky Martin en una cruzada para ordenarnos que amemos nuestro cuerpo. ¿Puedo amar mi cuerpo gordo si todos me han enseñado que soy un ser humano enfermo?

Y ese es justo el gran problema de la gordura: la percepción generalizada que se tiene acerca de su evitabilidad: si tuvieras buenos hábitos alimenticios; si no comieras por estrés; si no fueras un glotón; si no te gustara tanto la comida grasosa; si tomaras más agua; si hicieras más ejercicio; si… Ser gordo es la lucha infinita contra el subjuntivo con el rostro lleno de vergüenza por la tozudez e indisciplina de dejar a nuestro cuerpo hacer lo que quiere. Ser gordo es la pulverización del libre albedrío que te disocia de todos. Es por eso que el desprecio viene de todas partes.

El día de hoy, la convivencia social necesita una transformación fundamentada en el respeto irrestricto a todos los estilos de vida que no atenten contra la integridad de terceros. No se trata de romantizar la obesidad, sino de concientizar a la sociedad sobre el imperativo de respetar cualquier condición en que se encuentren los cuerpos de nuestros semejantes.

La aceptación del propio cuerpo es decisión personal, y no debería ser juzgada negativamente bajo ninguna circunstancia. La aceptación del cuerpo del otro es un imperativo para la sana convivencia que necesitamos para avanzar como sociedad.

Publicado por Nahum Chuil López

Licenciado en Literatura Latinoamericana, actualmente cursando maestría en competencias docentes. Profesor con 18 años de experiencia en bachillerato y universidad. Entre mis temas de interés se encuentran los movimientos sociales de reivindicación, el análisis del discurso político, la actualidad de la educación en nuestro país y, desde luego, la literatura.

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