El retorno de Ulises a la nada

Nahum Chuil López
nahum_chuil@hotmail.com

Como toda película que se sale de los estándares del cine realizado para el gran público, “Ya no estoy aquí” ha generado una oleada de reacciones encontradas.

Y no es para menos. En las últimas semanas, a raíz de los cambios sociales traídos por la pandemia de COVID-19 en nuestro país, se ha manifestado con fuerza a través de las redes sociales una disputa entre dos imaginarios sobre la desigualdad socioeconómica en México: el meritocrático (el pobre es pobre porque quiere) y el de la desigualdad estructural. En esta intersección de imaginarios se halla la película dirigida por Fernando Frías.

No hay mejor lugar para percibir dichas reacciones encontradas que en las redes sociales. En éstas, las publicaciones y comentarios denotan una formación cinematográfica nutrida de telenovelas hechas película en las que la narrativa lineal y la ausencia de conflictos reales es el denominador común. De ello se desprende que este cine no dialoga con la realidad, sino que, fusionada a ella, monologa lugares comunes y plantea soluciones fáciles e inverosímiles a problemas complejos.

“Ya no estoy aquí” no ofrece nada de esto, sino la agudización paulatina de la crisis de identidad personal, familiar y social de Ulises, un adolescente vomitado por el sistema (como diría Eduardo Galeano), aderezada con piezas de cumbia colombiana y vallenatos resignificados en el contexto de la periferia de Monterrey; ciudad neurálgica para la economía del país, a decir del sector empresarial y otros que abogan por un Nortexit, y donde las pandillas y no la familia ni la escuela constituyen la instancia que brinda socio formación al individuo.

Así, la película elabora un retrato en mayor o menor medida crudo de un sector social cuyas oportunidades de salir adelante se ven disminuidas por la situación marginal y violenta en la que se encuentran. Premisa que hace eco de “Los olvidados” de Buñuel en pleno siglo XXI.

Justamente esta condición de marginalidad hace imposible que la educación se convierta en un vehículo de movilidad social, pues pareciera estar ajena a la realidad que experimentan los niños y adolescentes, quienes encuentran en las bandas la satisfacción a la necesidad de identidad colectiva y pertenencia que sectores sociales whitexicanizados de Monterrey (y de México en general) les han negado discursivamente y en la praxis, relegándolos a ser una manifestación folclórica anómala dentro de una ciudad  “próspera”.

Ulises combate en Estados Unidos contra sí mismo al ser incapaz, no ya de adaptarse al “American way of life”, sino de salvar del olvido la música, el baile y los amigos que hizo dentro de Los Terkos, banda a la que pertenecía cuando estaba en México, elementos con los que construyó su identidad individual y colectiva y que lejos de su hogar se presentan con mayor intensidad y nostalgia, como un último canto de cisne.

La película es tachada como lenta, sin trama, sin enamoramientos, y sin un personaje protagónico de peso. Sin embargo, estos comentarios que abundan en redes sociales son el resultado de la comparación entre “Ya no estoy aquí” y las películas del llamado nuevo cine mexicano creadas para satisfacer el gusto del gran público.

Más allá de los gustos personales, “Ya no estoy aquí” es una cinta que mueve a la reflexión acerca de las condiciones de marginalidad que posibilitan que los adolecentes vivan en ambientes en los cuales la influencia del crimen organizado puede orillarlos a conductas delictivas y de riesgo para su integridad física y psicológica.


Publicado por Nahum Chuil López

Licenciado en Literatura Latinoamericana, actualmente cursando maestría en competencias docentes. Profesor con 18 años de experiencia en bachillerato y universidad. Entre mis temas de interés se encuentran los movimientos sociales de reivindicación, el análisis del discurso político, la actualidad de la educación en nuestro país y, desde luego, la literatura.

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