Gordofobia: la responsabilidad de la industria del entretenimiento

 Yesenia De La Torre Beaven
Lic. en Comunicación y maestrante en Cultura escrita
yesenia.beaven@gmail.com

*** ADVERTENCIA: Este artículo contiene spoilers sobre la película Nadie sabe que estoy aquí, de Netflix.

Nadie sabe que estoy aquí es el nombre del primer largometraje del director chileno Gaspar Antillo que se estrenó en la plataforma de Netflix en junio del año 2020. La película cuenta la historia de Memo, interpretado por el actor Jorge García, un hombre que ha vivido aislado del mundo luego de un trauma que experimentó en su niñez cuando perseguía el sueño de ser cantante. A pesar de su talento, Memo fue rechazado por su aspecto físico y su voz fue “entregada” a otro niño que se volvió famoso con ella haciendo playback. “Dile a tu hijo que la voz no lo es todo”, le dice el productor del programa de televisión al papá de Memo; y cuando observamos el contenido actual de películas, shows de televisión o clips musicales nos damos cuenta de que tiene razón: a la imagen, a lo físico, se le da un valor desproporcionado en comparación con otros atributos en la industria del entretenimiento. 

¿El resultado? Estándares estéticos corporales que refuerzan estereotipos, perpetúan la discriminación social y evitan la aportación de referentes culturales que promuevan la tolerancia a la diversidad y las actitudes más sanas en cuanto a la relación con el propio cuerpo. La gordofobia es solo una de muchas consecuencias de una sociedad obsesionada con el cuerpo; es verdad que la industria del entretenimiento no es la única que colabora en este aspecto, pero sí tiene un papel central en la difusión de los cánones de belleza por la cantidad de personas a la que llegan sus contenidos; por tanto, tiene un papel central en la difusión de la gordofobia. 

Gordofobia

El término gordofobia sirve para designar el rechazo y la discriminación hacia personas con sobrepeso (Torres, 2020). Es una palabra relativamente nueva y aún no aceptada por la Real Academia Española, aunque el estigma hacia las personas gordas existe desde hace mucho tiempo. El miedo y desprecio a lo gordo, no solo hacia las personas sino a la mera idea de subir de peso, se encuentra arraigado en nuestra sociedad y es reforzado por discursos que asocian al sobrepeso con problemas de salud y otros aspectos negativos. 

En el ámbito médico es común que se vincule a la gordura con una ingesta excesiva de alimentos, cuando no siempre es así. En el artículo “La gordofobia es un problema de trabajo social”, Navajas-Pertegás (2017) menciona que el mito de que la gordura es fácilmente corregible con dieta y ejercicio resulta problemático a la hora de representar la multitud de vivencias corporales experimentadas por las personas gordas, además de que fomenta los estigmas asociados a la gordura. La realidad sobre el sobrepeso es más compleja, ya que puede estar relacionada con “factores genéticos y metabólicos; mecanismos hormonales y neurohormonales; el historial de pérdida-aumento de peso; la constitución física, la clase social y el género”, entre otros.

Asimismo, hasta hace algunos años la mayoría de los contenidos creados con fines de entretenimiento solían retratar a las personas gordas como flojas, torpes, poco exitosas o con baja autoestima; las relegaban a papeles secundarios, cómicos o antagónicos; y si las presentaban como protagonistas, la historia giraba en torno a su aspecto físico o a su proceso de transformación de persona gorda-lamentable a delgada-exitosa.

Quizá los ejemplos antes mencionados se refieren a personajes e historias ficticias; sin embargo, las consecuencias de la gordofobia son muy reales y abarcan ámbitos como el social, emocional y el físico. Estas consecuencias se traducen en desigualdades laborales, de movilidad, de diagnóstico médico, educativas, etcétera; además de que las personas gordas llegan a internalizar los prejuicios de los medios de comunicación y sociedad, lo que afecta su salud mental y física de distintas formas (Navajas-Pertegás, 2017, 40-41). 

Tal como le sucede a Memo en la película, muchas veces el rechazo de los demás convierte la vida de las personas gordas en una lucha constante contra su propio cuerpo. La sociedad les dice que “hay algo malo” en ellos, que no deberían quererse ni estar conformes con su aspecto, que deberían ocultarse y estar fuera del foco de atención. Memo entiende a temprana edad que no hay lugar para él en el mundo del espectáculo. Esta injusticia lo llena de rabia y arremete contra el niño al que “le dieron su voz”, causándole un accidente que lo deja sin poder caminar. Así, Memo se convierte en el villano de la historia ante los ojos del público. No solo pierde su sueño de cantar, sino que el trauma vivido lo hace aislarse física y emocionalmente. Lo castigan por ser gordo y lo condenan al abandono. Nobody knows I’m here. No one can set me free, canta Memo desde sus adentros. 


La cultura de lo visual 

Hoy más que nunca, lo visual tiene una gran aceptación y preferencia y la industria del entretenimiento lo aprovecha todo lo que puede porque “es lo que vende”. Por ejemplo, en el ámbito musical se suele pensar que lo auditivo es lo más importante en el desempeño de un artista; sin embargo, un estudio demostró que las personas dependen principalmente de la información visual al hacer juicios sobre la interpretación de los músicos y los juzgan conforme a esto (Tsay, 2013). De ahí que los productores pongan tanto empeño en la apariencia de los artistas; su figura es el producto más relevante, incluso más que el propio arte. Quizá por esa razón los personajes de la película decidieron que la voz de Memo valía más fuera de su cuerpo, porque este se salía de la norma de “lo bello”, de lo que la gente quería ver.

Entonces, ¿cómo determina nuestra mente lo que es bello o feo? ¿De dónde sacamos la idea de que la gente gorda es graciosa o que de que la gente gorda es floja? Nuestra percepción de las cosas se conforma de información y experiencia vivida, y no cabe duda de que los medios masivos y digitales proveen mucha de esa información. Pensemos en los personajes que interpreta Melissa McCarthy, donde lo cómico reside en el tamaño de su cuerpo, o en las clásicas películas donde Eddie Murphy se viste de gordo para “hacer reír”. Las películas, series, telenovelas y demás contenido de entretenimiento fomentan este tipo de prejuicios al seguir mostrando la gordura de forma despectiva. 

También en los medios digitales prolifera la cultura de lo visual. El caso de Instagram es un claro ejemplo y muestra el valor que se le da al aspecto físico en la sociedad. En esta red social, mientras más parecidos seamos al canon hegemónico de belleza, más likes y seguidores tendremos, pero si nos alejamos de esos patrones estéticos, nos volvemos indignos de ser vistos o seguidos. Así le pasó a Memo, aunque en otra plataforma, que por su gordura le negaron la fama; porque estar en un escenario era estar expuesto, era ser visto por multitudes y él, por su aspecto, “no lo merecía”. A partir de esto, el personaje se aísla no solo física sino también mentalmente. Un doble aislamiento. Huye del mundo real y hostil para refugiarse en sus fantasías de luces y brillantina; un mundo donde es a él a quien le aplauden y a quien admiran. Él, gordo y enorme, aceptado y admirado por todos.   

Es probable que si Memo existiera en nuestra realidad, en este tiempo, ni siquiera sabría lo que está pasando con la pandemia del Covid-19. Mientras nosotros estamos aislados en nuestras casas por miedo a un virus, Memo está aislado por miedo al prejuicio de la gente, otro virus más antiguo. Lo cierto es que hoy más que nunca lo visual adquiere mayor importancia, pues si antes experimentábamos gran parte de nuestra vida a través de una pantalla de televisión o mediante el celular, ahora este tipo de experiencia se convierte en una de las pocas formas de acceso a la socialización. Vivimos a través de la red y lo peor es que la gordofobia nos siguió hasta acá. El encierro por la pandemia de Covid-19 ha intensificado el temor que tienen muchas personas a subir de peso. 

Photo by Anna Shvets on Pexels.com

Su amenaza ronda por todas partes: en memes que hacen burla de lo gordos que podríamos terminar después de la cuarentena, en los miles de influencers que bombardean las redes con sus interminables rutinas de ejercicio que te permitan “guardar la línea” en estos tiempos, y  en la  infinidad de gurús, coaches y nutriólogos satanizando el acto de comer e instándonos a ingerir la menor cantidad de alimento posible (Lobatón, 2020).


La responsabilidad de los comunicadores en la divulgación de la gordofobia

Los seres humanos tenemos una dependencia natural e inconsciente a las señales visuales, Chia-Jung Tsay (2013) lo menciona en su estudio sobre la percepción del desempeño musical. Esto significa que somos más propensos a ser persuadidos a través de las imágenes, y aquellos que están detrás de los contenidos que recibimos todos los días lo saben muy bien. Su trabajo es saberlo y adaptarlo según sus intenciones comerciales. La publicidad, por ejemplo, repite ciertas imágenes una y otra vez hasta que sus intenciones resultan inapreciables. Es decir, nos exponen tanto a ciertas formas e ideas que ya no cuestionamos su “normalidad” o su legitimidad. De ahí que los sistemas de representación visual sean tan poderosos, porque acaban moldeando nuestras creencias y, por ende, nuestras relaciones (Martín Prada, 2013, 117-118). 

Es interesante cómo en redes sociales suelen hacerse comentarios de que las nuevas generaciones “se ofenden por todo”. Lo que sucede es que los valores cambian; aquello que era aceptado en los años ochentas o noventas no es igual de válido el día de hoy. Los chistes misóginos o racistas de la comedia de hace décadas no tienen cabida en la dinámica actual y representan una ofensa para mucha gente. Los medios de comunicación deben mantenerse en un proceso de adaptación para servir a la sociedad conforme a los valores contemporáneos; esa es su responsabilidad (Fuentes, 2002).

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Hoy la gordofobia es un tema relevante porque por mucho tiempo hubo silencio, una aceptación enfermiza de todos estos prejuicios. Lobatón (2020) acierta al decir que la satisfacción no vende, pero sí la vergüenza y el descontento. Por eso a la publicidad y a la industria del entretenimiento le sirve tener un público inconforme con su cuerpo, pues esto le garantiza la venta de sus productos y sus historias. En una sociedad que sobrevalora la corporalidad hegemónica, es todo un acto de rebeldía cuestionarla y pretender la inclusión de la diversidad estética en los medios.

Con todo, vale la pena que como comunicadores pongamos atención a la forma en que se transforman los valores y creencias de la gente para que el contenido que generemos (ya sean fotografías, videos, escritos, ilustraciones, etcétera) cumpla con la tarea de dar visibilidad a todos los miembros de nuestra sociedad. Más aún si nos encontramos detrás de un medio masivo de comunicación, ya que estos juegan un papel fundamental en la conformación de referentes culturales que, como menciona Margarita Cruz (2012), “bien utilizados reafirman identidades, pero mal encauzados afectan la memoria histórica de la nación”.

En definitiva, los contenidos de entretenimiento tienen una enorme capacidad para perpetuar estereotipos e imposiciones sociales, por lo que es indispensable que existan representaciones en positivo de las personas gordas. Asimismo, si queremos disminuir o, idealmente, terminar con la gordofobia en los medios, habrá que asumir nuestra responsabilidad como comunicadores y darle el foco de atención a historias y personajes que promuevan la diversidad estética y corporal. De lo contrario, nos iremos quedando al margen de la realidad social y, en algún momento, nuestras propuestas serán ignoradas como han sido ignoradas las personas como Memo. 

El interés por lo visual no se va a terminar; lo estético seguirá siendo importante en la vida de los seres humanos. No obstante, sí podemos hacer más flexibles los conceptos e ideas que tenemos en torno a ellos; podemos actualizarlos de acuerdo a los valores contemporáneos y producir contenido que los represente. 

*Este texto forma parte de un segmento de nuestro página, titulado “Desarrollando Perspectiva“, un espacio donde estudiantes de preparatoria, licenciatura y posgrado pueden publicar sus textos, guiados por un tutor. Los estudiantes recibieron correcciones, observaciones y recomendaciones para redactar sus textos, y estos son publicados tras el visto bueno del tutor. El tema escogido, así como sus planteamientos, responde enteramente a los intereses y sentido crítico de los estudiantes.

Bibliografía

Cruz, M. (2012). Los Medios Masivos de Comunicación y su papel en la construcción y deconstrucción de identidades: apuntes críticos para una reflexión inconclusa. Bibliotecas. Anales de investigación, 8-9, 189-199. https://bit.ly/3e9DFM4

Fuentes, A. (2002). La responsabilidad de los medios de comunicación. Región y sociedad, 14(25), 227-231. https://bit.ly/3k4TllR

Larraín, P., Larraín, J. (productores) y Antillo, G. (director). (2020). Nadie sabe que estoy aquí. [Cinta cinematográfica]. Chile: Fábula.

Lobatón, R. (2020). La gordura en tiempos de Coronavirus. Raquel Lobatón. https://bit.ly/3lOBFvq

Martín, J. (2013). El nuevo régimen de la visualidad. En Cuestión de imagen: aproximaciones al universo audiovisual desde la comunicación, el arte y la ciencia (pp. 111-120). Ediciones Universidad de Salamanca.

Navajas-Pertegás, N. (2017). La gordofobia es un problema del trabajo social. AZARBE, Revista Internacional de Trabajo Social y Bienestar, 6, 37-46. https://revistas.um.es/azarbe/article/view/297181

Torres, A. (2020). Gordofobia: el odio y menosprecio hacia las personas obesas. Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/social/gordofobia

Tsay, C.-J. (2013). Sight over sound in the judgment of music performance. Proceedings of the National Academy of Sciences, 110(36). https://doi.org/10.1073/pnas.1221454110

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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