Leonor

Liliana Lanz Vallejo
lanz.liliana@uabc.edu.mx

Su nube individual le llovió en el rostro. Sentía frustración por no poder regar el césped de su casa; aquellos ojitos curiosos no querían irse a espiar a otro lado.

Leonor no sabía manejar sus emociones amargas; en su infancia sus padres le habían impuesto la prohibición del llanto mediante varios castigos absurdos y pocos premios miserables. Había crecido y vivido la totalidad de su existencia sin saber cómo llorar, y cuando pensaba que milagrosamente sus ojos podrían ceder, se auto-reprimía a como diera lugar. Fue así cómo, a sus 16 años, hizo su primera aparición una tierna y rechoncha nube gris sobre su cabeza que, desde ese entonces, le escupía en los cachetes cada vez que ella se sentía triste, frustrada o angustiada. Sus padres pensaron que habían tenido una hija con poderes sobrenaturales y temían que en cualquier momento pudiera morir por algún otro evento igual de inexplicable, como una combustión espontánea. Pero nunca sucedió.

Ahora vivía recluida (como quizá siempre lo había estado), en su modesta y descuidada casita, en compañía de sus cuatro perros que platicaban con ella sobre novelas del siglo XIX, destinada a un encierro a merced de niños crueles a quienes les gustaba asomarse por su ventana y gritarle “¡bruja!” para ver si ella podía levitar o hacer un truco diferente al de su nube. Afortunadamente a los insensatos nunca se les ocurrió gritar algo que sí le ocasionara alguna emoción fuerte, como “¡ratón!”. Así habrían sido testigos de un pequeño huracán doméstico.

Cuando recién comenzaron los niños a aparecerse en la (supuesta por ellos) inhóspita casa, ella pensó en prepararles galletas de chocolate y con ello ganarse su simpatía. Soñaba con abrirles sus puertas para que jugaran y le contaran cómo era el mundo fuera de su jardín. Llevaba poco menos de medio siglo encerrada en su casucha; los avances tecnológicos y las revoluciones sociales le habían pasado de noche.

Los vecinos murmuraban que la octogenaria no podía tener hijos, pero la verdad era que había decidido no tenerlos por miedo a cometer los mismos errores que sus padres cometieron con ella. Terror, más que miedo. Tenía la certeza de que todos los hijos están destinados a odiar a sus padres, y no quería vivir con el tormento de la culpa. El remordimiento era algo que nunca había podido soportar, por eso prefería evitarlo a toda costa. Por el momento se conformaba con la posibilidad de influir en niños ajenos, pero su horno anticuado no calentaba lo suficiente para preparar unas buenas galletas. Decidió entonces sencillamente invitarlos a pasar y, al acercarse los niños, abrió sus puertas de par en par, pero ellos le tuvieron horror tanto a ella como a sus perros parlanchines. El más valiente solo se atrevió a tirar una piedra por la ventana y obtuvo una fama muy duradera de superhéroe.

Las noches eran el único momento en que ella podía sentir paz, aunque durante la mayoría de éstas la traviesa nube siempre estaba chillando en sus cabellos. Cada vez que se metía el sol, se preparaba un jarrón de agua fresca y se sentaba en un sillón enseguida de la ventana con sus cuatro perros. Se ponía cómoda y, antes que cualquier cosa, se asomaba entre las cortinas a ver el planeta Venus, que ella juraba era una estrella. En esos instantes sus perros siempre se mantenían en silencio, como si guardaran respeto ante un solemne ritual. Y lo era. La singular Leonor llevaba décadas sin ver la luna, ni en el cielo, ni en fotografías, ni en reflejos vidriosos.

«Dándole de comer a una mesa», pintura de Leonora Carrington.

A sus veinte años había tenido un…¿amigo, novio?, una pareja: un muchacho alto, galante y provocativamente trastornado. Habían estado juntos por más de cinco años divirtiéndose con aventuras eróticas en cada espacio en el que vieran oportunidad, y deleitándose en sus pláticas eternas sobre temas llenos de laberintos discursivos y lógicos con el afán de ver quién se desesperaba primero o a quién otra le empezaba a llover. Desvergonzadamente cursis, habían pactado que cada vez que por alguna razón estuvieran apartados y se acordaran de su cariño, ambos mirarían la luna pensando que a través de ella sus miradas se cruzarían desde cualquier lugar que se encontraran. Y era por eso, sumado a su catastrófica separación, que ella había renunciado a volver a sentir reflejada en sus ojos ámbar a la solitaria luna. En su lugar, y como recuerdo de su obligada fortaleza, veía con suspiros a su propia estrella personal. Luego cerraba la ventana y, después de servirse agua, esperaba recargada en el respaldo del sillón de la sala a que sus perros tomaran la palabra y sacaran su tema de conversación para la noche. No importaba sobre qué empezaran discutiendo, siempre terminaban hablando sobre el romanticismo literario, siendo que los canes no sabían leer a pesar de la vejez de sus almas. “Ya no se escribe así, ya no se escribe así”, solía pensar ella en voz alta, “nos modernizamos demasiado…”, repetía con una convicción inexplicable.

Había presenciado cómo sus amistades, familiares y amantes iban desapareciendo poco a poco, la gran mayoría, por voluntad. Tenía muchos conocidos que la acompañaban en cada paso de su vida… hasta que decidió ser feliz. Sus amigas empezaron a formar familias y administrar sus hogares; sus amantes, a ser padres. Pero ella tenía otros planes, planes diferentes. Comenzó a regirse por lo que quería y no por lo que se esperaba de ella. Había ideado su propio refugio mental. La soledad no fue su opción, sino la consecuencia. Mujer sobrenatural, sola, atrevida, extravagante y, otros mascullaban, egoísta, soberbia, amoral… delirante. De hecho, con la palabra «mujer», como si se tratara de un adjetivo, bastaba. Los muros carcomidos de su casa se convirtieron en su únicos confines de aceptación.

—Pero, en su tiempo, Julio Verne era un novelista romántico francés…

—¿No era de ciencia ficción?

—¿¡Cuál?! No había…

—Eran novelas fantásticas.

—¡Eran! Ya no son… –Los perros habían llegado al punto climático de su debate–.

—Como Julio Verne, en otro tiempo, yo sería… seré revolucionaria —entonces su nube terca le escupía y los perros saciaban su sed con el pretexto de limpiar el desorden—.

Así es su existencia como ella la alucina; su vida como habría sido si sus vecinos no la hubieran confinado al psiquiátrico.

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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