No quiero ser un hombre, mamá

Carlos Palacios Espinoza
Estudiante de Filosofía
en la Universidad Autónoma de Baja California
palacios.carlos@uabc.edu.mx

Que te quite lo muchacha
y te enseñe los registros de una barba al ras.
Y cosas más simples
como doblar el papel higiénico
para limpiarte adecuadamente la joven soledad del culo.

A. E. Quintero

Siempre me han dicho que tengo que hacerle caso en todo a mi padre a pesar de que sea evidentemente un imbécil. Se escucha desde tiempos inmemorables, incluso Dios lo dice en la biblia, (mira, qué conveniente): debemos respetar por sobre todo al padre y, además, debemos imitarlo, aprender de él, ser como él. Es evidente que la idea misma de esto es peligroso: es un arma ideológica. Ser un ignorante, tener tendencias machistas, misóginas, homofóbicas, conservadoras, autoritarias e intolerantes y tener la posibilidad de enseñarle estas cosas a alguien para replicar todo lo que actualmente está mal.  ¿No es cuestionable la figura del padre como un modelo digno de imitar? ¿No es dudoso que un padre sea un verdadero ejemplo de cómo se debe comportar un hombre ante las mujeres, la sociedad y otros hombres? 

Es muy fácil aceptar todo tipo de ideología y comportamientos tóxicos viniendo de alguien que dice ser tu padre. Desde niños nos enseñan que la figura del patriarca es el centro de la familia, es la base, es la raíz, es el núcleo de donde tú te sostienes. Sin él quedaríamos desamparados, es él quien nos protege, es él quien nos da de comer, es él quien tiene el mejor consejo, quien nos educa, es el más fuerte. La figura del padre adoctrinador es peligrosa. Debemos, por tanto, ser críticos ante la figura del padre como buen modelo del cual aprender. 

Hablo de mi experiencia y de los casos que he conocido de chicos que crecen con padres ignorantes y de tendencias machistas, misóginas, homofóbicas, fascistas, conservadoras e intolerantes. (Me refiero únicamente a los hombres, entendiendo que hay madres con las mismas tendencias, pero aquí hablo estrictamente de la toxicidad masculina de los padres). No es su culpa, claro. Esto se trata de una herencia cancerígena que se ha ido extendiendo desde el comienzo de la sociedad. 

La ignorancia de los padres es un rasgo latente que pesa sobre su manera de ver el mundo y de educar a sus hijos. Además de la ignorancia, la única educación que suelen tener es una fundada en valores patriarcales y machistas. Esto no solo es un rasgo de familias de escasos recursos o de pueblos donde la posibilidad de educarse es limitada, sino también de las familias con padres universitarios, porque el conocimiento, en general, no sobrepasa la cultura machista que lo permea en todas las clases sociales.

Es así como nuestros padres fueron educados a golpes, sin llorar, “con huevos”, sin enseñarles nada  de los valores sociales de la equidad, la empatía y la solidaridad. Recordando a Robert Kasandjian cuando escribe,

La  construcción  patriarcal  de  la  masculinidad   es  algo  que  nos  desguaza  por  dentro.  Nos condiciona  para  rechazar  las  respuestas  genuinas  al dolor  que  nosotros  mismos  experimentamos  y  al  dolor que  sufren  las  personas  de  nuestro  entorno,

Kazandjian, 2017, pág. 18

somos condicionados por padres que son incapaces de reconocer esas expresiones de dolor. Son padres que continúan arrastrando la quimera frustrada de los abuelos, de quienes quisieron ser, cada cual queriendo moldear al hijo a su imagen y semejanza. Y es en la actualidad donde nos damos cuenta de que la mayoría de esos ejemplos hoy son anacrónicos, dañinos para nosotros y la sociedad.  La ignorancia de nuestros padres se devela al ser intolerantes con lo que ameritan y exigen los tiempos, al no poder soportar que su ideología ya no es funcional y que todo aquello en lo que creyeron hoy es una sarta de incopelurias.

Es así. No podemos aceptar sin juzgar todo de aquel hombre que dice ser nuestro padre. Es menester que pongamos en duda todo cuanto digan. No solo por ser hombres, sino porque es evidente que son personas carentes de reflexión, de crítica y de certeza. Cientos de veces he escuchado a amigos decir que aprendieron determinados comportamientos tóxicos de su papá. Mi papá me enseñó a tomar; mi papá me dijo que, si no demuestro mi fuerza sobre otros, no seré hombre; mi papi me dijo que así se trata a las mujeres; mi papi me dijo que no debo llorar, que para ser hombre no tengo que pintarme las uñas o abrazar a mi amigo porque, si no, soy joto; que debo aprender a manejar porque “ni modos que te lleve una vieja”; mi papi me dijo que no me pinte el cabello, que no vea esas películas de viejas, que la filosofía no sirve para nada, que un verdadero hombre trabaja con cosas pesadas. “¿A poco solo te vas a tomar una?”, “¿no ves que esa niña te está viendo?», «¿no tienes huevos?, acércate», “¿estás manco o qué?, regrésale el golpe”, “y no empieces a llorar, que yo tuve un hombre”, “ese niño ni ha de ser mi hijo, es bien puto”.

A menudo he visto que la incapacidad de los padres para educar, por su insondable ignorancia y su insoportable machismo, hace de sus hijos jóvenes inestables, rotos, con ideas equivocadas sobre la mujer, otros hombres y ellos mismos, causando así una capacidad muy sesgada de expresarse. Como afirma  Kali Halloway,

a  los  chicos  se  les  educa  para  eliminar  esas  emociones e  incluso  se  les  inculca  que  su  masculinidad  depende casi  exclusivamente  de  ello.

Halloway, 2017, pág. 35

Por eso escucho morros hablando igual que sus padres y creyendo que todo lo bueno que son, casi siempre futilidades, lo son gracias a que su padre nunca les dio amor. Somos jóvenes con excesos de sesgos, prejuicios y estigmas, aludiendo a una idea de masculinidad lánguida, anacrónica y precaria. 

Y eso no es un llamado irreflexivo a la disidencia contra la familia, ni un mero grito rebelde de juventud. Hay que reivindicar la figura soberana del padre, ser críticos con lo que nos enseñan e ir en contra cuando las enseñanzas sean erradas moralmente. Poco podemos hacer con nuestros padres, adultos de 40 años; muy difícil pueden cambiar de opinión. Somos nosotros, los futuros padres y adultos, quienes reconocemos estos sesgos machistas que debemos abandonar y superar.

Nota del autor: El título es una frase que le dije a mi madre un día en que mi padre nos destruía el alma.

*Este texto forma parte de un segmento de nuestro página, titulado “Desarrollando Perspectiva“, un espacio donde estudiantes de preparatoria, licenciatura y posgrado pueden publicar sus textos, guiados por un tutor. Los estudiantes recibieron correcciones, observaciones y recomendaciones para redactar sus textos, y estos son publicados tras el visto bueno del tutor. El tema escogido, así como sus planteamientos, responde enteramente a los intereses y sentido crítico de los estudiantes.

Referencias

Halloway, K. (2017). La masculinidad está matando a los hombres: la construcción del hombre y su desarraigo. En G. K. Rivera, No nacemos machos (pág. 35). México: Ediciones La Social.

Kazandjian, R. (2017). Desempeñar la masculinidad. En G. K. Rivera, No nacemos machos (pág. 18). México: Ediciones la Social.

Quintero, A. E. (2011). Cuenta regresiva. México: Ediciones Era.

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: