¿Y los calzones?

Liliana Lanz Vallejo
lanz.liliana@uabc.edu.mx

—Maaaaaaa ¡¿dónde están mis calzones?! ¿A poco todos están en la lavada?

            Esa mañana Carmelita se tuvo que ir a la escuela sin chones. La vergüenza. Cuando regrese, mi hermano me las va a pagar, pensó. Pero Jorge se declaró inocente y su madre no encontró nada que probara lo contrario.

            —Mijita, disimula. No vayas a estar en la escuela chismorreando que en tu casa la ropa interior desaparece como por arte de magia.

            Al día siguiente, la mamá de Carmelita sorprendió a su comadre Hortensia en el centro comercial comprando paquetes de calzones nuevos para sus hijas… para todas sus hijas.

            —Ya no los hacen como antes, ¿verdad? Los elásticos ceden muy rápido.

            En el parque central, los jóvenes merodeaban sospechosamente. Se reunían en grupitos, confrontándose unos a otros sin querer mucho la cosa.

            —¿Qué? ¿Tú qué?

            —¿Te traes algo con mi hermana?

            —Pos no. ¿Tú qué traes?

            No duraban mucho con la faramalla, se les olvidaba y siempre terminaban jugando chútale.

            Fue hasta que tres amigas faltaron a la fiesta de cumpleaños con alberca de Susana, bajo la misma excusa de que habían perdido su traje de baño, cuando la comunidad entera tuvo por seguro lo que sucedía: alguien se había estado robando la ropa interior de las chicas de Ensenada.

            Las amas de casa estaban alarmadísimas, les habían quitado su sospecha tranquilizadora de que tal vez… tal vez sus hijos, o los amigos de sus hijos gozaban de travesuras “inocentes”.

No, no, no, nada de eso. ¡Un intruso había estado entrando en sus casas! ¡Mínimo una noche al mes! ¡Las cosas que podrían pasar! El escándalo, la histeria, el shock. Los padres, ni se diga.

            En el pueblo con aspiraciones de urbe, las muchachas compraban paquetes extras de calzones para esconderlos del Calzonero. Algunas, en la noche de Navidad, dejaron calzones colgando de la chimenea para ver si seguían ahí la mañana siguiente.

            —Escuché que lo vieron corriendo por la Ruíz.

            —Yo supe que Yolanda lo descubrió en el patio de su casa, sumergido en su canasta de ropa sucia.

            Meses después, la celebridad anónima aparecería en los periódicos locales: «El Calzonero es arrestado». La nota: Una persecución de película, dos policías lastimados, una inyección de anestesia, y un joven delgado, de estatura media, que dio un paseo express por la delegación para terminar como residente en un hospital psiquiátrico.           

Hasta la fecha, más de treinta años después del incidente, las psicólogas, psiquiatras y enfermeras del hospital deben ingeniárselas de vez en cuando para disimular que, bajo sus uniformes, no llevan calzones.

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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