Los bilingües: dos lenguas ¿y dos personalidades?

Si tú eres bilingüe, ¿alguna vez has notado que eres más tímido cuando te comunicas en una lengua que en la otra? Quizá sientas que eres más extrovertido cuando, por ejemplo, hablas en inglés que en español, o más grosero incluso. ¿Te ha pasado? Probablemente lo has atribuido a que eres más competente y hablas más fluido en una lengua que en otra. Por supuesto, eso es un factor relevante; pero aún hablantes que dominan un alto nivel de competencia en sus dos lenguas suelen notar que sus actitudes y conductas cambian ligeramente al usar una lengua y luego la otra.

Algunos psicólogos y lingüistas cognitivos, al notar este hecho curioso, se dieron a la tarea de explorar si pudiera ser posible que el uso constante de dos o más lenguas por parte de un mismo hablante en diversos entornos pudiera propiciar el desarrollo de “múltiples personalidades”.

No se trata de una sospecha nueva. Desde mediados del siglo XX contamos con estudios de casos de psicoanálisis, por ejemplo el de Buxbaum (1949), Greenson (1950) y Krapf (1955) (citados en Pavlenko, 2005, p. 158), donde los terapeutas descubrieron que sus pacientes preferían tener sus consultas en sus segundas lenguas, y no en sus lenguas maternas, para evitar el recuerdo de eventos traumáticos vividos en la infancia o para evitar síntomas de ansiedad.

Son muchos los ejempos de casos así los que yo podría citar aquí, pero solo mencionaré unos de los más drásticos. Los terapeutas europeos Amati-Mehler, Argentieri y Canestri presentaron en 1993 los casos de 5 mujeres extranjeras que se casaron con hombres italianos, se mudaron a Italia y aprendieron a hablar un fluido italiano. Todas las pacientes empezaron sus sesiones hablando esta lengua. Poco a poco ellas empezaron de manera espontánea a comunicarse en sus respectivas lenguas maternas. Lamentablemente, el uso constante de sus lenguas maternas durante las terapias desencadenó en ellas cambios drásticos de humor y síntomas de crisis psicológicas que estas pacientes ya habían trabajado y superado. En el estudio se cita el caso de una de estas mujeres, chilena, que empezó a sufrir agorofobia y desorientación a partir de su uso del español; y el de una paciente australiana que cayó en un agudo delirio al frecuentar de nuevo el inglés. Los autores interpretaron que en estas mujeres el uso del italiano servía como estrategia discursiva para evitar evocar traumas experimentados en sus países de origen donde, obviamente, se comunicaban en sus lenguas maternas (citado en Pavlenko, 2005, p. 163).


También disponible para terapias psicológicas en línea.

En todos estos casos, incluidos los de Buxbaum, Greenson y Krapf, los pacientes habían aprendido sus segundas lenguas de forma tardía, o sea después de la adolescencia. Por esta razón hasta entonces los psicólogos habían deducido que estos cambios de “personalidad” se debían al hecho de que para muchos hablantes su lengua materna es la más vinculada a la identidad, a la vida temprana y a las emociones. Se le atribuyó así al uso de una segunda lengua un “efecto de distanciamiento” con el que los hablantes logran hablar más libremente porque se sienten menos apegados a o menos comprometidos con la lengua que están utilizando.

Sin embargo, este supuesto empezó a ponerse en duda cuando otros profesionales empezaron a explorar los cambios de personalidad en sujetos bilingües saludables y mentalmente estables. En 1990, Guttfreund publicó los resultados de un estudio donde aplicó tres cuestionarios destinados a medir niveles de ansiedad y predisposición a la depresión a 80 hablantes bilingües español-inglés e inglés-español. Independientemente de la lengua materna de los sujetos, todos resultaron ser más ansiosos y propensos a la depresión cuando contestaron los exámenes en español, que cuando los contestaron en inglés (citado en Pavlenko, 2005, p. 167).

Por otra parte, en un estudio más reciente, Veltkamp, Recio, Jacobs y Conrad (2012) exploraron la posibilidad de que la lengua juegue un papel en la modulación de la personalidad y realizaron un estudio similar al de Guttfreund para corroborarlo. Ellos aplicaron cinco exámenes que evaluaban cinco aspectos diferentes de la personalidad (neuroticismo, extraversión, franqueza, simpatía y condescendencia) en 40 hablantes bilingües de alemán-español y en 28 hablantes de español-alemán. Todos los participantes sacaron mayor puntaje en neuroticismo y extraversión cuando se les aplicó el examen en español, y mayor puntaje en condescendencia cuando contestaron el examen en alemán (Veltkamp et al., 2010, p. 501). Además de haber comprobado que elegir una lengua sobre otra para comunicarse sí puede modular la personalidad, Veltkamp et al. concluyeron que este aparente cambio de personalidad se debe a un cambio simultáneo de esquemas de valores culturales atribuidos para cada lengua por parte de los hablantes. Así, el usar una lengua frecuentemente dentro de un entorno particular a la larga lleva a que los hablantes vinculen fuertemente a la lengua con los valores, actitudes y prácticas socio-culturales de dicho entorno. Al hacer uso de una lengua dada, ellos asumen una determinada postura cultural y esto se ve reflejado sutilmente en su conducta y, consecuentemente, en su personalidad.

Entonces se dejó de hablar de un efecto de distanciamiento motivado por la lengua materna y se pasó a hablar de un “efecto de la lengua”, que pudiera entenderse como un “efecto sociocultural  de cada lengua”. Si una persona vive por unos años en un país donde aprende que ciertas conductas son más apreciadas y valoradas, es altamente probable que las asuma al hablar en la lengua nativa del país en cuestión para “encajar” socialmente. Si después se muda a otro país donde se habla otra lengua y ahí no se valoran las mismas conductas, así mismo es probable que este hablante abandone esas conductas y actitudes al hablar esa segunda lengua.

Podemos ilustrar este fenómeno con un último ejemplo. En un estudio de 2004, Panayiotou pidió su opinión a 5 hablantes bilingües griego-inglés y a 5 inglés-griego acerca de una misma historia relatada en dos versiones culturales: la de Andy, un americano, y la de Andreas, un chipriota que vivió primero en Estados Unidos y luego en Chipre. El protagonista de la historia era un exitoso hombre de negocios tan trabajador que había perdido contacto con sus familiares y amigos más cercanos. Los 10 participantes en el experimento leyeron la historia en inglés y un mes después la leyeron en griego. Todos mostraron preocupación por Andreas, pero indiferencia o desaprobación hacia Andy. Algunos participantes mencionaron que incluso cuando piensan en la imagen de una “madre negligente” suelen juzgarla de manera diferente en el contexto americano y el chipriota. El resultado del análisis de Panayiotou indica que cada caso fue conceptualizado por los sujetos, con base en la lengua, a partir de imágenes, creencias y valores socioculturales diferentes a pesar de tratarse de la misma situación (citado en Pavlenko, 2005, p. 125). Por eso mismo se nota el “cambio de personalidad” cuando las personas alternan de una lengua a otra.

Las “personalidades múltiples” de los bilingües y multilingües se entenderían así como el síndrome de “cuando vayas a Roma actúa como los romanos”, una adecuación al contexto. Los bilingües son, por ende, personas biculturales también. Aunque me gusta como suena bilingües biculturales y bi-personalidades. Suena más impactante. ¿No crees?

Bibliografía:

Pavlenko, A. (2005). Emotions and Multilingualism. United Kingdom: Cambridge University Press.

Veltkamp, G. M.; Recio, G.; Jacobs, A. M.; Conrad, M. (2012). Is personality modulated by language? The International Journal of Bilingualism 17(4), p. 496-54.

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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